RELATOS

El mecánico

Martes, 12 de junio. Las diez de la mañana. Alberto, un mecánico más bien apuesto de la capital de España, todavía estaba en la cama. A su lado o Jaime o Alex o Miguel... Cada día era uno diferente... Le importaban poco sus nombres. Lo único que le interesaba era poseerlos.

Alberto se despertó. Miró su reloj, un Lotus que algún rico devora hombres le regalara tras una noche de locura y pasión, siendo él algo más joven. Aun sabiendo que tenía que estar en el trabajo hacía una hora, se giró hacia el muchacho rubio que tenía junto a él y lo besó en la espalda. Entonces él también se despertó. Lo miró y se lanzó hacia su boca. Lo besó con todas sus ganas. Luego su cuello y su torso helénico: moreno, firme y sin vello. Quería seguir bajando por su cuerpo, pero él lo retuvo a la altura del ombligo, y fue entonces él quien besaba y mordisqueaba unos pezones pequeños y duros. éste, sin embargo, no impedía su descenso al infinito.

Tras haber introducido su lengua en aquel velludo, como él decía, "refugio" por unos minutos, sacó de su mesilla un profiláctico y, entregándoselo y mostrándole su potente "artillería" (Un cañón de 26 que parecía más un 30mm "Para Bellum"), le permitió que se lo colocara, no sin antes preparar la pistola con un buen engrase y posterior puesta a punto mediante una buena lamida.

Aunque era Alberto el que los solía manejar, aquella vez el otro chico se echó sobre Alberto y, cual salvaje jinete sobre su montura, cabalgó sobre él. Cuando comenzó a cansarse, Alberto lo sujetó por los brazos, lo paró y le pidió que se pusiera a cuatro patas, y levantara una, mirando hacia la cabecera de la cama. Así lo hizo, tácita y presurosamente, a la vez que Alberto se arrodillaba. Su redondo, blanco y respingón culito se movió después hacia delante y hacia atrás, al igual que su pelo, largo y negro, al tiempo que el cañón se recargaba en la "profundización".

Pero entonces se acabó el goce de ambos pues sonó el teléfono.

— No lo cojas... Alberto...

— He de hacerlo... Es mi jefe... Jorge... — sin embargo seguía moviéndose y proporcionándose placer.

— No lo cojas... Por favor... Compláceme a mí antes... — el teléfono dejó de sonar.

Sacó el chico sus posaderas del alcance de la apetitosa polla de Alberto. Se tumbó boca arriba esperando su "desayuno". Alberto se quitó el condón, empuñó fuertemente la artillería con la mano derecha y con la misma energía y vigorosidad con la que antes lo penetraba, ahora meneaba su "península". De no haber sido por aquella inoportuna llamada el, para él, "especial polvo matutino" habría llegado antes.

Sin embargo, en el momento menos esperado, llego lo tan ansiado por el chico.

— Aquí tienes: café con mi leche. No desperdicies nada, que ha sido directamente importada "desde Finlandia".

— Tranquilo... Yo adoro la leche.

— Ya lo creo... Ah... Ya lo decía mi madre... "Bebe mucha leche... que te hará grande y fuerte..."

Mientras el muchacho volvía a succionar la pistola, el teléfono empezó a sonar de nuevo. Esperó tres toques, pero al cuarto, apartó al chico, cogió el teléfono, y colocándose el pelo, empezó a hablar:

— Ya sé que son las diez y media... Ya lo sé... Lo sé... Ahora voy — y colgó. — Chico, ya me gustaría estar contigo más tiempo pero los negocios son los negocios. Quizás mañana, o pasado, pase por el bar... Así que me gustaría volver a verte... A ti, al "barbudo" de las "esferas"...

— De acuerdo — y sin mediar ninguna palabra más, recogió su ropa y se fue al baño. Alberto seguía desnudo, moreno, alto, fornido..., pero con un claro cansancio "en su semblante" y algo de leche en su mano y en el teléfono.

Se tumbó en la cama a esperar que el chico acabara. Cuando salió del baño, se dirigió hacia él y, apoyándose sobre la cama y apretándole las balas del cañón, le besó y se despidió saliendo por la puerta.

Cuando ya se había ido, y habiéndose tapado con un albornoz, abrió las persianas y ventanas, recogió un poco la habitación, echó a la lavadora su traje gris, sus calcetines de ejecutivo, su camiseta de cuello alto blanca y sus provocativos boxers Calvin Klein.

Las diez menos cuarto. Se quitó el albornoz, dejó correr el agua y se miró a un espejo de cuerpo entero, preguntándose: "¿qué ven en mí quienes me desean?". Quizá la clave estuviera en su melena, negra y lisa; o tal vez en su torso o en su culo o en sus proporcionadas piernas o en sus ojos verdes... o en su "Para Bellum".

— Será eso — y como un mocoso de trece años, se la agarró y se la empezó a menear, rememorando la excitante anterior noche con el chico. De repente, se metió en el agua y en cinco minutos acabó con la faena. Después de enjabonarse, aclararse y casi secarse, volvió a su habitación, cogió unos calcetines de tenis, una camiseta roja, unos slips, también rojos, su holgado mono azul marino de cuerpo entero (¡Y qué cuerpo!) y las zapatillas deportivas negras. Ni más ni menos...

Gracias a que su jefe, Jorge, había sido su amigo desde casi siempre, y a que el taller estaba a dos manzanas de su casa, no le importaba llegar un poco tarde... Otros días solía quedarse un poco más...

Las once y cinco. Jorge le esperaba en la puerta del taller, con cara de pocos amigos. Cuando estuvo junto él, Alberto le acarició la cara y le dijo:

— Ya estoy aquí, para lo que quieras... — mientras miraba el "paquete" de Jorge.

— ¿Quién ha sido esta noche? ¿Javier...? ¿Tal vez el francés aquel? Sabes que no me gusta esa promiscuidad... Si al menos usaras condón... — se dirigían hacia la oficina del taller.

— Ha sido... Pues no recuerdo ahora su nombre... Pero sí, lo utilizo..., y sólo me lo quito para utilizar el maná blanco.

— Pues conmigo no te lo pones...

— Sé que tú me eres fiel... — decía mientras le desabrochaba la camisa muy lentamente a Jorge — ...que no te tiras al primer maricón que te encuentras en esos garitos a los que sueles ir... — desabrochó el pantalón y metió la mano en el ahora abultado paquete

— ...que sólo me la lames a mí — le empezó a besar mientras le empujaba hacia la pequeña habitación del fondo, la que solía utilizar las noches que se quedaba a trabajar y "a trabajar" con Jorge.

— Pero soy celoso... — era Jorge, despojándole del mono a Alberto, dejándole en slips, ya en la habitación. Luego Alberto también le quitó el mono a su jefe, que llevaba unos boxers grises. Encima de la cama se volvieron a besar, a soplar en el oído, a lamer el pecho, a buscar dentro del cayumbo del compañero lo que les faltaba en la boca.

Jorge tampoco podía quejarse de tenerla pequeña. Aunque eso sí: tenía el pelo más claro y corto, sus ojos eran oscuros y su tez, más blanca. Si bien su cuerpo y su culín podían provocar y levantar "pasiones", casi tantas como Alberto, éste había dicho la verdad: maricón, rabo de 20 y delgadín..., pero tan fiel como un perro. Por eso, su "apetito" lo canalizaba a través de frecuentísimas pajas, en la oscuridad, pensando en la "península" de su compañero y en las embestidas mutuas con Alberto. Se podría decir que era el Pajillero Mayor del reino, la Central Lechera Asturiana...

Alberto no se consideraba maricón. Ni mucho menos. Ocurría, simplemente, que necesitaba "mucho cariño" y lo conseguía mediante el desengrase... Para sí y para muchos de quienes le "conocían", que así se lo decían, él era todo un macho (Sin pelo en pecho, eso sí, pero un macho en definitiva).

En la oscuridad, revolcándose sobre la cama, parecían gemelos; en una especie de pugna, hermanos luchando por el juguete más grande...

— Déjate ya de juegos, Alberto. Hoy elijo y comienzo yo... — otro ritual propio: escogían sus posturas, y la siguiente era la preferida por Jorge. Se colocaban de rodillas pero rectos, Jorge detrás de Alberto. Entonces Alberto dejaba caer su cuerpo hacia adelante, hasta llegar a apoyarse, firmemente, con la pared. Vía libre para Jorge. De un rápido pero acertado pollazo, el jefe se la hincaba al empleado hasta las pelotas. Después Jorge se la agarraba, también con firmeza, a Alberto... y comenzaba el "meneito", para adelante y para atrás, hasta justo antes de eyacular, con el fin de darle al compañero su merecido —. ...Toma, toma, toma... Hoy... no me salgo... de tu cubil... guapo... Tienes que... pagar por tus... infidelidades...

— No importaaah, querido... "Hoy por ti... ah... mañana por mí"... ¡Ah! — se giró hacia "colonizador" —. Me estás haciendo daño en el rabo y eso no lo soporto — En el momento en que se daba la vuelta, se sentaba en la almohada y se la empezaba a menear, Jorge se corrió y salpicó de lefa el pecho de su mejor amigo, que entonces le miró con mala cara.

— No pasa nada... Para limpiar, yo... — y volvió al lameteo: la lengua de Alberto, su cuello, la leche, de la que no dejó ni gota, su pubis... — ...Y para reparar el armamento pesado — muy pesado — aquí estoy yo... — y se engulló cual Tragaldabas el falo erecto y sin magulladuras de Alberto.

Éste acabó por correrse en la boca del jefe, que subió otra vez hasta la boca, para compartir el premio. No debieron disfrutarlo por mucho tiempo, pues alguien les interrumpió. Era, de nuevo, un teléfono. Más o menos arreglado, a la llamada respondió Jorge. Un hombre que había sufrido una avería en su coche y que llamaba al garaje para que se lo fueran a recoger. Para eso estaban ellos. Para eso estaba Alberto...

— Nacional I, kilómetro 73 y medio. Usted es quien llamó a nuestro garaje, ¿no es así?

— Sí, fui yo — el joven hombre, vestido con un elegante traje negro, cuyo pantalón intuía una delgada pero atractiva figura, no dijo ninguna otra palabra hasta que ocurrió algo sorprendente para Alberto. él hizo su trabajo normalmente: colocó el coche averiado en la grúa y lo llevó a remolque hacia el garaje.

Sin embargo, en un momento en el que el hombre comenzó a mirarle, éste comenzó un vertiginoso descenso beso a beso por el tallado torso de Alberto, descubierto por el mono pero cubierto por una fina camiseta, a la vez que, estirando su brazo, daba rienda suelta a su entrepierna.

Llegó al ombligo del muchacho y quiso seguir más abajo pero el uniforme de trabajo de Alberto se lo impedía. Intentó rasgárselo, pero le fue inútil, a pesar de la evidente excitación del conductor que iba cada vez a más sin él poder poner impedimento.

Por eso, conectó las luces de parada de emergencia, bajó del coche dirigiéndose a la otra puerta, por donde sacó con violencia al joven. Ambos descendieron el talud que los llevaba a un campo casi completamente verde donde nadie podía verlos. él se bajó su mono a la vez que el otro su pantalón. Alberto no le dio tiempo a más y, alzándole las piernas, se abalanzó sobre él mediante un vaivén vertiginoso. No quería descubrir, todavía, su pollón, para que la excitación del joven fuera aún mayor. Pero, con todo, él lo podía sentir perfectamente. Una vez listo, se apartó el slip, sacudió el armamento contra las cachas del cliente y, separando como pudo la cara ropa interior del joven, se la introdujo suavemente, preludio del violento meneo que le volvería a hacer "padecer". Aquello era debido a la imprevisión del acto, a la superexcitación, al morbo que desde un principio le provocaba aquel hombre...

Aquella especie de colina era perfecta para "enamorados" por su pendiente, por su mullido terreno. En fin: el cuerpo delicado, el lóbulo de la oreja izquierda y la ágil lengua, de una parte, y el terso culo, la brillante melena y "la antigualla" (Por lo del 26...), de otra... Aquello acabó como se veía: éxtasis total por ambos lados... sin haberlo previsto... Pero con la satisfacción por parte del cliente...

A pesar de los intentos de Jorge por conocer el porqué de que hubiera tardado tanto en ir a coger un coche, éste se quedó como estaba, pero imaginándose lo sucedido. Sin embargo, Alberto sentía un ápice de culpabilidad por sus frecuentes engaños: Alberto no era como Jorge pero era, sin embargo, su amigo. Por eso, aquella tarde invitó al jefe a un recinto de ambiente con piscina en Madrid que le habían recomendado. Se dirigieron hacia allí y vieron un gran cartel: "INICIO DE LA TEMPORADA DE VERANO: 8.30".

Entraron en un bellísimo hall donde Jorge esperó por unos minutos (Al parecer Alberto conocía a un directivo de la empresa). Después volvió con la chaqueta quitada y en el brazo, lo que permitía ver una camisa muy elegante aprisionada contra unos trabajadísimos pectorales.

Sin mediar palabra, agarró de la mano a Jorge y lo llevó a los vestuarios privados. No había nadie. Al llegar allí, empezó a quitarse la ropa: camisa, zapatos, calcetines, pantalones y reloj. Mientras, Jorge le miraba perplejo. Una vez vestido con un tanga, discreto pero tanga, fue a desvestir a su jefe, realmente sorprendido por ni él sabía qué. Como había ocurrido esa mañana, mientras se besaban, le desvestía y Jorge le palpaba el paquete, su espalda, su abdomen, sus piernas. Se empalmó y quería lamérsela allí mismo, y empezó a hacerlo, pero Alberto, apartándole, le dijo:

— Tranquilo Jorge... La tarde es larga... — y con los "bañadores" puestos, salieron a la piscina, una piscina de forma irregular curva y con un pequeño kiosco en medio.

Había bastantes grupos, algunos de sólo 2 personas y otros de hasta 5. Ellos, de momento, decidieron quedarse solos. Se sentaron en sendas tumbonas y se les acercó un camarero, completamente desnudo y empalmado (A ojo de buen cubero aquello mediría hasta 25cm), que poniéndole la polla a la altura de la boca de Jorge y fijando sus ojos en el rabazo de Alberto, preguntó qué querían.

— De momento... nada. Vamos a observar el panorama primero.

— Muy bien, guapo — y se fue.

El ambiente, algo frío, empezaba a caldearse: algunos grupos empezaban a fantasear. Unos participantes se besaban, otros se bajaban el bañador y comenzaban a masturbarse, otros se lo bajaban al compañero y se la chupaban hasta los cojones y otros, los más decididos y sinvergüenza, se tiraban a la piscina y empezaban a moverse de una forma que podríamos llamar "periódica". El recinto de la piscina, hasta el instante en silencio, se convirtió, de repente, en una estancia jadeante.

Entonces Jorge giro la cabeza hacia Alberto y ambos se quedaron mirándose por un tiempo. Como el jefe de Alberto parecía seguir estando perplejo por el ambiente, tuvo que ser él el que tomó la iniciativa. De una manera lenta, muy lenta, inició el ascenso por el cuerpo de Jorge: los dedos de los pies, las piernas... hasta llegar al erótico bañador. Alberto lo mordió y se lo arrancó. El pollazo proletario apareció ante los ojos del obrero.

Cual polo de naranja, Alberto le lamía el cañón y las balas a Jorge, que no podía resistirse y acariciaba el pelo de Alberto para que éste lo siguiera haciendo tan bien como hasta el momento. Y el medio aumentaba de temperatura... Continuaba masturbándole oralmente cuando por detrás de Alberto apareció un muchacho, ataviado con una escueta camiseta, tan fornido (Y fornicador) como él. Y debía tener confianza con este mismo, pues le bajo el tanga y, de una manera sensual, se la clavó. Aquélla también era de tamaño superior, de las que nunca parecen acabarse cuando te la introducen. Había un largo periodo hasta sentir las pelotas del poseedor. Alberto entonces emitió un suspiro de alivio. El penetrador se quitó después la camiseta sin dejar de dar por culo a su "alma" gemela.

Pero Jorge se cansó de la postura y decidió sacar la polla de la boca de Alberto, que también quería algo nuevo. El primero se quedó de pie, sobándosela para que siguiera empinada; el segundo hizo lo mismo pero sentado. El tercero, que se llamaba Marcos, alzó las piernas de Alberto y, otra vez, ahora de una manera más salvaje e incomoda, lo folló por delante. Cuando la pareja estaba estabilizada, Jorge, sin miramientos, también se la coló al muchacho, que, después de dar por culo durante unos minutos a Alberto, se corrió, girándose después para succionársela a Jorge. Acabó soltando una leche de lo más calentita.

Entonces se apagaron las luces. Acto seguido se encendió un foco en el kiosco de la piscina. Los más curiosos después se acercaban allí. Apareció, de repente, un hombre alto, mulato, de pelo rapado y vestido con un elegante traje. Comenzó a sonar luego una dulce y relajante música. El mulato empezó su espectáculo: chaqueta por aquí; zapatos por allá; calcetines, camisa, pantalones... Luego los boxers, dejando paso a un minúsculo tanga que casi estallaba por el enorme pollazo. Se lo quitó: parecía que el muchacho cumplía esa regla cuasi - infalible de que los negros la tienen más larga... Si la de Alberto parecía no acabar, la del moreno iba hasta el infinito (Y más allá). Parecía incomprensible que se pudiera empinar, y sin embargo se empalmaba: medio kilo de carne prieta, gorda, envenada... en su punto para comérsela "con guarnición" y todo.

Después de aquello, la habitación se convirtió en una auténtica bacanal. Alberto y Jorge se fueron corriendo para la piscina. Se tiraron al agua y su particular escena comenzó. Como dos tontos se pusieron a hacerse ahogadillas mutuamente, dejando a un lado a todas las otras personas que se encontraban alrededor de ellos. Jorge, que ya estaba un poco cansado, pretendía huir de Alberto, que parecía tener todavía un gran aguante. Para que su jefe no escapara, se la agarró. Eso sí le gustaba al patrón. Ni corto ni perezoso, él también cogió y empezó a darle caña a la de Alberto. Se la restregaba contra el culo mientras su compañero le hacía una paja. De repente, Jorge se dio la vuelta, se metió bajo el agua y fue bajando, poco a poco, por el tronco de Alberto hasta llegar a su pollazo a punto de estallar. El agua, la excitación, el ambiente en definitiva, no le dejaban lamerla y mordisquearla como aquel apetitoso rabo se merecía. Pero hacía lo que podía. También lo intentaba, por tiempos, Alberto.

Acabaron haciéndose una paja mutuamente y, cuando lo creyeron conveniente, Alberto dio la vuelta por la cintura a Jorge, al que hizo agarrarse fuertemente al borde de la caótica piscina. Con una mano en el borde y otra en el gordo pollón, Alberto se la introdujo a Jorge por el culo, lo que le hizo derretirse por completo. Ya con las dos manos fuera de la piscina, los gemidos de ambos durante los movimientos ascendentes, incluso atrajeron a varios espectadores que no hicieron otra cosa que imitarles tanto dentro como fuera del agua. Cuando el prieto culín de Jorge le dio la máxima carga a la "artillería" de Alberto, éste colocó sus preciosas y preciadas posaderas fuera de la piscina y, aguantando la inminente corrida, dejó, muy gustoso, que el patrón le hiciera una mamada y disfrutara de la lefa proletaria.

Pero no acabó ahí, sino que siguió hasta que él también estuvo preparado para descargar. Salió entonces de la piscina, puso boca

abajo a Alberto, introdujo su polla entre las nalgas del compañero y le hizo "una cubana" a lo gay hasta que se corrió definitivamente. Lo malo de esta forma de correrse es que, como no se la metes al otro, sino que le das con los huevos en el culo, le dejas con más ganas que al principio...

Por eso, lo siguiente que hizo fue ir a donde un chico joven y bastante cachas, como él, que no les había quitado los ojos, de un azul muy intenso, de encima y tenía unos pantalones cortos, ajustados que iban a estallar de un momento a otro, con lo que le dejó completamente anonadado a Jorge.

Cuando el joven se dio cuenta de que Alberto iba a por él, se levantó de la tumbona en que estaba y se metió en los vestuarios. Alberto le siguió de todos modos y cuando entró, vio que estaban solos. Alberto estaba desnudo y el otro muchacho veía perfectamente como de caliente estaba Alberto y que potente parecía ser, así que, previendo su destino, anhelado por otra parte, dejó que se acerca, le empezara a besar y a palpar el paquetón: el joven no tenía nada que envidiar. Fueron debajo de una ducha, caliente como ellos, y allí se bajó el pantalón: Alberto ya estaba deseoso por aquel pedazo de carne que apareció envenada, enrojecida, gorda, grande, sin apenas vello... Lista para comer...

Y se la tragaron, succionaron, lamieron mutuamente debajo de la ducha y, allí mismo, dándole la vuelta al joven, que para darse más gusto apretó al máximo su liso y musculoso culo, se la clavó.

— ¡Aaaah! — se la introducía más adentro — ¡Aaaah! — y más adentro — ¡Aaaaah! Deja que te folle del todo...

El muchacho relajó todos sus músculos y Alberto se la metió hasta adentro. Le llevó hasta la pared de la ducha e hizo que se apoyara contra ella. Luego no se movió de otro modo sino al acariciar su torso y sus pectorales también musculosos. Para recordarle que estaba "allí" y para que siguiera dura, hacía un par de amagos de sacudida: más no podía penetrarle...

Después de correrse, el muchacho dejó de ser "el siervo" por un momento y se convirtió en "el amo": él fue quien entonces hizo que Alberto se pusiera de rodillas y le volviera a lamer la polla.

— ¿Quieres la leche de Pablo, verdad? — preguntó dulce pero firmemente el joven — Pues quita... — se empezó a hacer una paja que debió darle un gusto inenarrable por el tono de sus gritos que debieron oírse hasta más allá de la piscina.

Acabó eyaculando con un salpiconazo de lefa que recorrió el pecho de Alberto. Sensualmente, el muchacho esparció todo el esperma por los pezones de Alberto con la lengua y, finalmente, lo besó. Aquél fue un beso intenso, en el que uno y otro saborearon sus dulces labios. Los de Pablo eran algo gruesos y estaban enrojecidos por la fuerte presión que contra ellos había hecho Alberto. Y a éste le atrajeron tanto que, con los suyos humedecidos, fue mordisqueándolos con sumo cuidado y cariño. O rozándolos con la punta de su lengua, a la vez que Pablo le rodeaba con sus brazos. De nuevo Alberto estaba tan excitado que, con otro beso, comenzó a bajar por el cuello del muchacho, cuya piel blanca sintió un repentino escalofrío de gran placer: él también deseaba otra vez a Alberto.

Autor anónimo