RELATOS
Menage a trois en un hotel de Quito
Menage a trois en un hotel
Hace poco tiempo estuve saliendo con un hombre de más o menos mi edad; tengo 37 años, bien conservado, buen cuerpo de horas de gimnasio, ojos y cabellos negros, lampiño natural y mi tono de piel es trigueño claro verdoso. Muchas veces me preguntan ¿cómo es eso de “verdoso”?, obteniendo la misma respuesta todo el tiempo: soy vegetariano.
Ese hombre con quien salía era mi amigovio y no estaba nada mal, era un poco mayor que yo, llenito de cuerpo pero no lo suficiente como para ser considerado gordo. A pesar de que su verga era pequeña, como de doce centímetros, la tenía muy bonita y excepcionalmente dura. Me encantaba bajar su prepucio y dejar al descubierto un glande rosadito y babosito. Haciendo conjunto estaban un par de huevos colgantes como a mi me gustan.
A él le gustaba ser activo, pero no se oponía a que yo le pasara la lengua por su ano peludito y siempre limpio. Me encantaba verlo masturbarse mientras yo me comía su ano. Varias veces intenté penetrarlo de todas las formas imaginables y usando todos los lubricantes disponibles en el mercado, pero tenía sus esfínteres muy cerrados, produciéndole mucho dolor e incapacidad para llegar a meterle mis dieciocho centímetros en su culito virgen. Apenas podía aguatar mi glande por un par de minutos.
Eso si, era un experto mamador; me hacía terminar con unas buenas mamadas y le encantaba tomarse mi leche calientita y luego venir hacia mi para besarme. Era todo un personaje de antología.
Lo más agradable de tener sexo con él, es que le gustaba que le pasara la lengua por todo el cuerpo. Empezaba en los dedos gordos de los pies, lamiéndolos con intensidad, provocándole un placer indescriptible y casi orgásmico; inmediatamente continuaba por las piernas y muslos, luego la verga, huevos, ombligo, tetillas; después le daba la vuelta y pasaba a lamer y mordisquear ligeramente sus nalgas, para luego enterrarme en su ano virgen; lentamente continuaba subiendo por su columna vertebral hasta los omóplatos que también mordisqueaba con placer, haciéndole emitir quejidos y balbuceos como: “si!!”, “continúa”, “no te detengas”, “siiiii, más”, “muérdeme más duro… por favor” y cosas así que me ponían muy excitado pues considero que el sexo gay tiene un lado sádico muy fuerte, donde el dolor de la penetración está tan cercano al placer, que sentimos alcanzar las estrellas mezclando esas dos sensaciones.
Usualmente al llegar a besar y lamer el cuello y las orejas, mi amigovio estaba tan incentivado que perdía el control y se volteaba, abalanzándose sobre mí para comerme a besos y luego penetrarme con intensidad, con esa verga pequeña pero rígida que llegaba directamente a estimular mi “Punto P” (no por Puto, sino por Próstata, mal pensados), haciéndome terminar inclusive sin tocarme y hasta a veces tres veces seguidas pues soy un hombre multiorgásmico.
Nuestros encuentros eran en un hotelito en el centro norte de la ciudad de Quito pues los dos vivimos cada uno con nuestras respectivas familias.
Cierta noche que fuimos como siempre a nuestro hotelito de confianza, nos encontramos con la agradable sorpresa de que la recepcionista había sido cambiada por un chico de unos 22 años llamado Oscar: alto, delgado pero no flaco, blanco bronceado por el sol de la costa del Pacífico, de ojos miel y cabellos negros y ensortijados. Muy amablemente nos guió hasta nuestra habitación y se despidió efusivamente.
Esa noche además de tener sexo y conversar sobre nuestros trabajos y nuestras vidas, también conversamos acerca del nuevo recepcionista y de lo lindo que se veía. Yo había maquinado un plan macabro para echárnoslo en un futuro cercano, pero requeriría de mucha audacia de nuestra parte. Le comenté de mi plan perfecto y dudando de que pudiera funcionar aceptó ser parte del mismo.
Fuimos al hotelito unas cuantas veces más, llegando a tomar cierta familiaridad con el recepcionista que siempre nos atendía con mucha amabilidad.
Una noche que sería decisiva para el éxito de nuestro plan, fuimos al hotel como de costumbre. Nos atendió Oscar y gentilmente nos guió hasta nuestra habitación. Antes de que se despidiera le dije que me gustaría hacerle una petición especial, así que me lo llevé hasta un rincón del corredor mientras mi amigovio se daba una ducha.
Le dije: - Oscar, será que nos puedes hacer un favor? ¿Podrías tomarnos unas fotos mientras tenemos sexo con mi amigo? – Al principio se ruborizó por mi pedido, pero reaccionó pronto y me dijo que nunca había tomado fotos de ese tipo, pero que estaría gustoso de ayudarnos a cumplir con nuestra fantasía sexual.
Entramos en la habitación, le entregué mi cámara digital, dándole las indicaciones de cómo operarla mientras mi amigovio que estaba sólo con una toalla empezaba a desvestirme mientras me besaba.
El hecho de saber que había una tercera persona en la habitación, tomando fotos de todo lo que hacíamos ya le daba un valor agregado al polvo de esa noche; era la primera vez que tendría fotos mías sin ropa y además teniendo sexo. Yo seguía de pie y con la verga parada, lo que aprovechó mi amigovio para arrodillarse y mamármela mientras se masturbaba. Mientras tanto Oscar no dejaba de tomar fotos; se sentía experto en el arte.
De vez en cuando yo miraba su entrepierna por si lograba ver algún indicio de erección o excitación en él pero todo era en vano; Oscar se estaba comportando como todo un profesional.
Siguieron las caricias, lamidas, mordidas y toda nuestra rutina de sexo salvaje, hasta que mi amigovio me puso de piernas al hombro y empezó a penetrarme. En un momento dado Oscar nos dijo que pusiéramos una almohada bajo mi culo para tener un mejor ángulo de fotografía. Hasta nos estaba dirigiendo en nuestra producción porno casera. Pasaron unos pocos minutos, y Oscar dejó de fotografiar nuestra penetración para fotografiar mi rostro de cerca. Me decía frases como: “siiii, muestra que te gusta que te la metan” “asiii, quéjate mássss, como que te duele y te da placer”, “muérdele los labios a tu amigo”, “pídele que te termine en la cara”.
Mi amigovio le dijo que esas frases lo estaban excitando aun más y que continúe haciéndolo, a lo que Oscar dijo: “es que ver el dolor y el placer a mi me pone muy arrecho”. Yo aproveché esa oportunidad para llevar mi mano hacia su bragueta, encontrándome con su verga totalmente erecta y a punto de explotar. Oscar se dejó tocar sin inmutarse por aquello, así que me decidí a bajar su cierre, desabrochar el pantalón y agarrar su verga con mi mano izquierda mientras me estaban culeando salvajemente.
Wow, Oscar tenía una verga de unos veinte centímetros, circuncidada y gruesa. Su abdomen era super velludo. Yo lo acerqué hacia mí y empecé a mamar aquella verga mientras mi amigovio empezaba a sacarle la camiseta, eso si, sin dejar de seguir culeándome. Pronto lo tuvimos desnudo, uniéndose a nosotros, plantando su verga entre nuestros labios, saboreándola sin dejar de perder el compás de la enculada.
Mi amigovio dijo: cambiemos de posición y le cedió el puesto a Oscar. Éste se puso entre mis piernas, me tomó de la cadera y me la metió toda de un solo envión. Esa verga casi me parte en dos; mi ano no estaba acostumbrado a algo tan grande. Mi amigovio se puso de pie junto a la cama para masturbarse ante la visión que tenía delante de si, una fantasía hecha realidad: verme teniendo sexo con otro.
Pronto Oscar empezó a moverse más rápido y con más furia, me la sacó de golpe en el instante en que yo empezaba a eyacular, aumentando mi placer. Me dijo: “quiero dártela en la cara”, se sentó sobre mi pecho embarrado de semen y me lanzó su leche calientita en la cara. Gritaba frases entrecortadas “siii, que rico”, “me estás sacando toda la leche”, “que rico culito que me he comido hoy”. Luego se acercó hacia mí y me besó, pasando su lengua sobre una gota de su semen que había en mi mejilla, para luego abrirme la boca con su lengua y depositar esa gota en mi garganta.
Mi amigovio terminó en el piso y al acercarse a Oscar para besarlo también, éste se negó diciendo que a él no le gustaba la mariconada. Se duchó a toda prisa y se despidió de nosotros, no sin antes decirnos que antes de marcharnos le dejáramos ver las fotos para comprobar que tan buen fotógrafo había resultado.
Esa noche volvimos a tener sexo desenfrenado con mi amigovio, como si el mundo se fuera a terminar al día siguiente. Al día siguiente al despedirnos, Oscar me dio una tarjeta con su teléfono celular para que lo llamara si algún otro rato requería de sus servicios de fotógrafo amateur. Debo confesar que desde ese día he regresado al hotelito pero solo, para tener muy buen sexo con mi ardiente recepcionista.
Esta historia es 100% real, ni siquiera he cambiado los nombres de los personajes, porque difícilmente van a dar con la ubicación de ese hotelito de la ciudad de Quito.
Comentarios a inflable@gmail.com
Hace poco tiempo estuve saliendo con un hombre de más o menos mi edad; tengo 37 años, bien conservado, buen cuerpo de horas de gimnasio, ojos y cabellos negros, lampiño natural y mi tono de piel es trigueño claro verdoso. Muchas veces me preguntan ¿cómo es eso de “verdoso”?, obteniendo la misma respuesta todo el tiempo: soy vegetariano.
Ese hombre con quien salía era mi amigovio y no estaba nada mal, era un poco mayor que yo, llenito de cuerpo pero no lo suficiente como para ser considerado gordo. A pesar de que su verga era pequeña, como de doce centímetros, la tenía muy bonita y excepcionalmente dura. Me encantaba bajar su prepucio y dejar al descubierto un glande rosadito y babosito. Haciendo conjunto estaban un par de huevos colgantes como a mi me gustan.
A él le gustaba ser activo, pero no se oponía a que yo le pasara la lengua por su ano peludito y siempre limpio. Me encantaba verlo masturbarse mientras yo me comía su ano. Varias veces intenté penetrarlo de todas las formas imaginables y usando todos los lubricantes disponibles en el mercado, pero tenía sus esfínteres muy cerrados, produciéndole mucho dolor e incapacidad para llegar a meterle mis dieciocho centímetros en su culito virgen. Apenas podía aguatar mi glande por un par de minutos.
Eso si, era un experto mamador; me hacía terminar con unas buenas mamadas y le encantaba tomarse mi leche calientita y luego venir hacia mi para besarme. Era todo un personaje de antología.
Lo más agradable de tener sexo con él, es que le gustaba que le pasara la lengua por todo el cuerpo. Empezaba en los dedos gordos de los pies, lamiéndolos con intensidad, provocándole un placer indescriptible y casi orgásmico; inmediatamente continuaba por las piernas y muslos, luego la verga, huevos, ombligo, tetillas; después le daba la vuelta y pasaba a lamer y mordisquear ligeramente sus nalgas, para luego enterrarme en su ano virgen; lentamente continuaba subiendo por su columna vertebral hasta los omóplatos que también mordisqueaba con placer, haciéndole emitir quejidos y balbuceos como: “si!!”, “continúa”, “no te detengas”, “siiiii, más”, “muérdeme más duro… por favor” y cosas así que me ponían muy excitado pues considero que el sexo gay tiene un lado sádico muy fuerte, donde el dolor de la penetración está tan cercano al placer, que sentimos alcanzar las estrellas mezclando esas dos sensaciones.
Usualmente al llegar a besar y lamer el cuello y las orejas, mi amigovio estaba tan incentivado que perdía el control y se volteaba, abalanzándose sobre mí para comerme a besos y luego penetrarme con intensidad, con esa verga pequeña pero rígida que llegaba directamente a estimular mi “Punto P” (no por Puto, sino por Próstata, mal pensados), haciéndome terminar inclusive sin tocarme y hasta a veces tres veces seguidas pues soy un hombre multiorgásmico.
Nuestros encuentros eran en un hotelito en el centro norte de la ciudad de Quito pues los dos vivimos cada uno con nuestras respectivas familias.
Cierta noche que fuimos como siempre a nuestro hotelito de confianza, nos encontramos con la agradable sorpresa de que la recepcionista había sido cambiada por un chico de unos 22 años llamado Oscar: alto, delgado pero no flaco, blanco bronceado por el sol de la costa del Pacífico, de ojos miel y cabellos negros y ensortijados. Muy amablemente nos guió hasta nuestra habitación y se despidió efusivamente.
Esa noche además de tener sexo y conversar sobre nuestros trabajos y nuestras vidas, también conversamos acerca del nuevo recepcionista y de lo lindo que se veía. Yo había maquinado un plan macabro para echárnoslo en un futuro cercano, pero requeriría de mucha audacia de nuestra parte. Le comenté de mi plan perfecto y dudando de que pudiera funcionar aceptó ser parte del mismo.
Fuimos al hotelito unas cuantas veces más, llegando a tomar cierta familiaridad con el recepcionista que siempre nos atendía con mucha amabilidad.
Una noche que sería decisiva para el éxito de nuestro plan, fuimos al hotel como de costumbre. Nos atendió Oscar y gentilmente nos guió hasta nuestra habitación. Antes de que se despidiera le dije que me gustaría hacerle una petición especial, así que me lo llevé hasta un rincón del corredor mientras mi amigovio se daba una ducha.
Le dije: - Oscar, será que nos puedes hacer un favor? ¿Podrías tomarnos unas fotos mientras tenemos sexo con mi amigo? – Al principio se ruborizó por mi pedido, pero reaccionó pronto y me dijo que nunca había tomado fotos de ese tipo, pero que estaría gustoso de ayudarnos a cumplir con nuestra fantasía sexual.
Entramos en la habitación, le entregué mi cámara digital, dándole las indicaciones de cómo operarla mientras mi amigovio que estaba sólo con una toalla empezaba a desvestirme mientras me besaba.
El hecho de saber que había una tercera persona en la habitación, tomando fotos de todo lo que hacíamos ya le daba un valor agregado al polvo de esa noche; era la primera vez que tendría fotos mías sin ropa y además teniendo sexo. Yo seguía de pie y con la verga parada, lo que aprovechó mi amigovio para arrodillarse y mamármela mientras se masturbaba. Mientras tanto Oscar no dejaba de tomar fotos; se sentía experto en el arte.
De vez en cuando yo miraba su entrepierna por si lograba ver algún indicio de erección o excitación en él pero todo era en vano; Oscar se estaba comportando como todo un profesional.
Siguieron las caricias, lamidas, mordidas y toda nuestra rutina de sexo salvaje, hasta que mi amigovio me puso de piernas al hombro y empezó a penetrarme. En un momento dado Oscar nos dijo que pusiéramos una almohada bajo mi culo para tener un mejor ángulo de fotografía. Hasta nos estaba dirigiendo en nuestra producción porno casera. Pasaron unos pocos minutos, y Oscar dejó de fotografiar nuestra penetración para fotografiar mi rostro de cerca. Me decía frases como: “siiii, muestra que te gusta que te la metan” “asiii, quéjate mássss, como que te duele y te da placer”, “muérdele los labios a tu amigo”, “pídele que te termine en la cara”.
Mi amigovio le dijo que esas frases lo estaban excitando aun más y que continúe haciéndolo, a lo que Oscar dijo: “es que ver el dolor y el placer a mi me pone muy arrecho”. Yo aproveché esa oportunidad para llevar mi mano hacia su bragueta, encontrándome con su verga totalmente erecta y a punto de explotar. Oscar se dejó tocar sin inmutarse por aquello, así que me decidí a bajar su cierre, desabrochar el pantalón y agarrar su verga con mi mano izquierda mientras me estaban culeando salvajemente.
Wow, Oscar tenía una verga de unos veinte centímetros, circuncidada y gruesa. Su abdomen era super velludo. Yo lo acerqué hacia mí y empecé a mamar aquella verga mientras mi amigovio empezaba a sacarle la camiseta, eso si, sin dejar de seguir culeándome. Pronto lo tuvimos desnudo, uniéndose a nosotros, plantando su verga entre nuestros labios, saboreándola sin dejar de perder el compás de la enculada.
Mi amigovio dijo: cambiemos de posición y le cedió el puesto a Oscar. Éste se puso entre mis piernas, me tomó de la cadera y me la metió toda de un solo envión. Esa verga casi me parte en dos; mi ano no estaba acostumbrado a algo tan grande. Mi amigovio se puso de pie junto a la cama para masturbarse ante la visión que tenía delante de si, una fantasía hecha realidad: verme teniendo sexo con otro.
Pronto Oscar empezó a moverse más rápido y con más furia, me la sacó de golpe en el instante en que yo empezaba a eyacular, aumentando mi placer. Me dijo: “quiero dártela en la cara”, se sentó sobre mi pecho embarrado de semen y me lanzó su leche calientita en la cara. Gritaba frases entrecortadas “siii, que rico”, “me estás sacando toda la leche”, “que rico culito que me he comido hoy”. Luego se acercó hacia mí y me besó, pasando su lengua sobre una gota de su semen que había en mi mejilla, para luego abrirme la boca con su lengua y depositar esa gota en mi garganta.
Mi amigovio terminó en el piso y al acercarse a Oscar para besarlo también, éste se negó diciendo que a él no le gustaba la mariconada. Se duchó a toda prisa y se despidió de nosotros, no sin antes decirnos que antes de marcharnos le dejáramos ver las fotos para comprobar que tan buen fotógrafo había resultado.
Esa noche volvimos a tener sexo desenfrenado con mi amigovio, como si el mundo se fuera a terminar al día siguiente. Al día siguiente al despedirnos, Oscar me dio una tarjeta con su teléfono celular para que lo llamara si algún otro rato requería de sus servicios de fotógrafo amateur. Debo confesar que desde ese día he regresado al hotelito pero solo, para tener muy buen sexo con mi ardiente recepcionista.
Esta historia es 100% real, ni siquiera he cambiado los nombres de los personajes, porque difícilmente van a dar con la ubicación de ese hotelito de la ciudad de Quito.
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Autor anónimo




