RELATOS
El último de la izquierda
Esa tarde salí a caminar sin rumbo, como casi siempre lo hago, como buscando algo que sabía no encontraría. La calle estaba repleta de gente cual zombis deambulando de aquí para allá.
Me pregunté si toda esa gente tendría algún rumbo, si alguien los esperaba en algún lado, si llegaban tarde a algún lugar. Me quedé un instante parado como esperando una respuesta. Nada.
Mis pasos presurosos eran mi única propuesta a aquella tarde fría y gris de invierno. Mis manos en los bolsillos de la ajustada campera azul parecían ocultar algo.
Me pregunté si toda esa gente tendría algún rumbo. Llegué a la céntrica esquina que llevaba el nombre de un ilustre ciudadano local. Quizás en aquellas épocas no hacía tanto frío pensé.
Cruzo la calle. Miro a algunas personas a los ojos. Me pregunté si alguien los esperaba en algún lado.
El sol está entregando sus últimos rayos de luz como si supiera que ya no tenía sentido permanecer allí. Una sirena se escucha a lo lejos distrayendo mi atención de lo cotidiano.
Me detengo frente a una vidriera. Esos negocios que venden artículos de pesca y camping siempre fueron mi debilidad. Miro aquella chaqueta camuflada y pienso que sería en vano usarla durante una cacería en aquel bosque, los animales se reirían de mi grotesca apariencia.
De pronto, veo aquella figura. A mi izquierda, observando la vidriera contigua.
Pienso el por qué de mi gusto sobre el aire libre y no sobre calzados. Quizás hubiera servido en este caso.
No quiero voltearme. Trato de mirar por la vidriera cual espejo improvisado, pero las luces de los autos impiden que ésta se comporte como tal. Maldición, pienso y me pregunto….es que nada me va a salir bien hoy?.
Como no veo bien aquella figura trato de agudizar mis instintos para sentir su presencia. Quizás si tuviera buenos instintos no estaría de este lado de la vidriera pensé una vez más.
Se va…Me abatato tratando de decidir qué hacer. Pero mis pies parecen pensar más que mi cabeza y comienzo a caminar para ese lado. Miro a algunas personas a los ojos. Paso tras paso trato de anticiparme a la situación. Demoro mis pasos casi hasta lo imposible para poder permanecer detrás.
Nunca pensé que se podría caminar tan lento pero la necesidad tiene cara de hereje. ¿Cuánto falta para la esquina? iba diciéndome a mí mismo…y en la esquina qué?.
Llegué. ¿Dónde está? No lograba ver a quien que despertó mi interés. Un inusitado interés.
Ahí ! me dije respondiéndome a mí mismo. Estaba en la parada del bus. Sólo esperaba que esta vez mis pies también le ganaran a mi cerebro. ¿Qué hago? Sigo o abandono esta cacería sin sentido alguno en este gris bosque urbano?
La llegada del bus anticipó mi respuesta. Interpuse un par de personas para que no se diera cuenta de mi presencia.
Subo, pago el boleto y me quedo parado justo detrás del conductor. Quizás desde ahí podría manejar mejor esta situación ya inmanejable de por sí. Además, pensé, el espejo frente al chofer…
Miro a algunas personas a los ojos pero no logro el coraje para mirar más atrás. La adrenalina corre por mi sangre como nunca, haciendo que el corazón latiera a golpes cual martillo forjando el duro metal.
Qué calor! Pensé, pero la campera era parte de mí, no me la sacaría. Además, veía en sus caras que nadie sentía calor.
Cuento…uno, dos, tres y me animo. Miro hasta el fondo y ahí estaba, en el último asiento de la izquierda. Uh, qué mala suerte! Justo que miro hacia allá me estaba observando! Qué pensará de mí ahora?
No pensó nada. Se levantó y tocó el timbre para bajar en la próxima parada. Me abalancé como tropel por el pasillo de aquel micro hasta la puerta de atrás. Ya no me importaba si había o no alguien entre nosotros.
Ya no me importaba nada.
Caminar y caminar. Nunca me había puesto a pensar que una cosa tan simple se volviera tan compleja.
Se detuvo. Metió su mano en su campera de cuero negra y sacó las llaves de su casa. Petrificado como el árbol que estaba a mi lado quedé al ver que vivía allí. ¿Qué hago? Me pregunté una vez más. Maldigo a mis pies que por efecto del frío parece que ya no pensaran. Prendo un cigarrillo y observo aquella casa reclinado sobre el árbol.
Sus blancas paredes, la reja negra, aquellas flores amarillas asomando desde el balcón. La recorro con mi mirada una y otra vez como buscando algo, como buscando algo que sabía no encontraría.
Parado ya frente a la negra puerta intento tocar timbre. Mi mano temblorosa parecía impedírmelo. ¿Sería miedo o el frío de aquella noche?
Me animo una vez más y toco el timbre.
Al instante salió como si me hubiese estado esperando allí por horas. Ahí supe que no me había equivocado. Nuestras miradas se cruzaron en la oscuridad. Sus ojos color miel me cautivaron al instante, para siempre.
Quedé paralizado por un momento, por una eternidad.
Dónde estaría ahora toda aquella gente pensé. Me quedé parado como esperando una respuesta. Nada.
Asintió con su cabeza de negro pelo largo, recogido con una bincha sobre su frente y pasé.
La vida es larga y tiene sus vueltas, demasiadas para muchos .El destino quiso que no volviera a entrar en aquella casa.
Sus blancas paredes, la reja negra, aquellas flores amarillas asomando desde el balcón ya no me cobijaron.
Con el tiempo supe que su nombre era…Adrián.
Dedicado a un gran amor.
Me pregunté si toda esa gente tendría algún rumbo, si alguien los esperaba en algún lado, si llegaban tarde a algún lugar. Me quedé un instante parado como esperando una respuesta. Nada.
Mis pasos presurosos eran mi única propuesta a aquella tarde fría y gris de invierno. Mis manos en los bolsillos de la ajustada campera azul parecían ocultar algo.
Me pregunté si toda esa gente tendría algún rumbo. Llegué a la céntrica esquina que llevaba el nombre de un ilustre ciudadano local. Quizás en aquellas épocas no hacía tanto frío pensé.
Cruzo la calle. Miro a algunas personas a los ojos. Me pregunté si alguien los esperaba en algún lado.
El sol está entregando sus últimos rayos de luz como si supiera que ya no tenía sentido permanecer allí. Una sirena se escucha a lo lejos distrayendo mi atención de lo cotidiano.
Me detengo frente a una vidriera. Esos negocios que venden artículos de pesca y camping siempre fueron mi debilidad. Miro aquella chaqueta camuflada y pienso que sería en vano usarla durante una cacería en aquel bosque, los animales se reirían de mi grotesca apariencia.
De pronto, veo aquella figura. A mi izquierda, observando la vidriera contigua.
Pienso el por qué de mi gusto sobre el aire libre y no sobre calzados. Quizás hubiera servido en este caso.
No quiero voltearme. Trato de mirar por la vidriera cual espejo improvisado, pero las luces de los autos impiden que ésta se comporte como tal. Maldición, pienso y me pregunto….es que nada me va a salir bien hoy?.
Como no veo bien aquella figura trato de agudizar mis instintos para sentir su presencia. Quizás si tuviera buenos instintos no estaría de este lado de la vidriera pensé una vez más.
Se va…Me abatato tratando de decidir qué hacer. Pero mis pies parecen pensar más que mi cabeza y comienzo a caminar para ese lado. Miro a algunas personas a los ojos. Paso tras paso trato de anticiparme a la situación. Demoro mis pasos casi hasta lo imposible para poder permanecer detrás.
Nunca pensé que se podría caminar tan lento pero la necesidad tiene cara de hereje. ¿Cuánto falta para la esquina? iba diciéndome a mí mismo…y en la esquina qué?.
Llegué. ¿Dónde está? No lograba ver a quien que despertó mi interés. Un inusitado interés.
Ahí ! me dije respondiéndome a mí mismo. Estaba en la parada del bus. Sólo esperaba que esta vez mis pies también le ganaran a mi cerebro. ¿Qué hago? Sigo o abandono esta cacería sin sentido alguno en este gris bosque urbano?
La llegada del bus anticipó mi respuesta. Interpuse un par de personas para que no se diera cuenta de mi presencia.
Subo, pago el boleto y me quedo parado justo detrás del conductor. Quizás desde ahí podría manejar mejor esta situación ya inmanejable de por sí. Además, pensé, el espejo frente al chofer…
Miro a algunas personas a los ojos pero no logro el coraje para mirar más atrás. La adrenalina corre por mi sangre como nunca, haciendo que el corazón latiera a golpes cual martillo forjando el duro metal.
Qué calor! Pensé, pero la campera era parte de mí, no me la sacaría. Además, veía en sus caras que nadie sentía calor.
Cuento…uno, dos, tres y me animo. Miro hasta el fondo y ahí estaba, en el último asiento de la izquierda. Uh, qué mala suerte! Justo que miro hacia allá me estaba observando! Qué pensará de mí ahora?
No pensó nada. Se levantó y tocó el timbre para bajar en la próxima parada. Me abalancé como tropel por el pasillo de aquel micro hasta la puerta de atrás. Ya no me importaba si había o no alguien entre nosotros.
Ya no me importaba nada.
Caminar y caminar. Nunca me había puesto a pensar que una cosa tan simple se volviera tan compleja.
Se detuvo. Metió su mano en su campera de cuero negra y sacó las llaves de su casa. Petrificado como el árbol que estaba a mi lado quedé al ver que vivía allí. ¿Qué hago? Me pregunté una vez más. Maldigo a mis pies que por efecto del frío parece que ya no pensaran. Prendo un cigarrillo y observo aquella casa reclinado sobre el árbol.
Sus blancas paredes, la reja negra, aquellas flores amarillas asomando desde el balcón. La recorro con mi mirada una y otra vez como buscando algo, como buscando algo que sabía no encontraría.
Parado ya frente a la negra puerta intento tocar timbre. Mi mano temblorosa parecía impedírmelo. ¿Sería miedo o el frío de aquella noche?
Me animo una vez más y toco el timbre.
Al instante salió como si me hubiese estado esperando allí por horas. Ahí supe que no me había equivocado. Nuestras miradas se cruzaron en la oscuridad. Sus ojos color miel me cautivaron al instante, para siempre.
Quedé paralizado por un momento, por una eternidad.
Dónde estaría ahora toda aquella gente pensé. Me quedé parado como esperando una respuesta. Nada.
Asintió con su cabeza de negro pelo largo, recogido con una bincha sobre su frente y pasé.
La vida es larga y tiene sus vueltas, demasiadas para muchos .El destino quiso que no volviera a entrar en aquella casa.
Sus blancas paredes, la reja negra, aquellas flores amarillas asomando desde el balcón ya no me cobijaron.
Con el tiempo supe que su nombre era…Adrián.
Dedicado a un gran amor.
Autor anónimo





